Padre Gabriel Giraldo, hoy en la celebración del centenario de su nacimiento, quisiera recordar algunas de las anécdotas que guardo en mi memoria con mucho cariño y admiración, algunas son divertidas para mí aunque no sé que tanto para ustedes.
Quiero empezar dándole gracias a la vida de haber tenido la oportunidad de conocerlo en su madurez, ya que, según dicen, en su juventud fue guerrero, irreverente, dinámico, exigente, cuestionado y crítico, virtudes que no perdió sino que apaciguó, menos mal. La primera vez que lo vi fue en su despacho de la universidad Javeriana cuando iba a pedirle un favor para mi hermano menor, quien estudiaba Derecho en la misma universidad, llegué desprevenida y encontré a un hombre imponente leyendo el periódico, hablé por pocos minutos y él nunca levantó su mirada del papel; solo cuando me despedí me dijo “dígale a su hermano que no sea conchudo, que haga las vueltas él mismo, que aquí lo espero”.
La segunda vez fue de nuevo en su despacho, pero esta vez para la entrevista de selección como primer empleado del proyecto de fundación de un colegio que aún no existía ni tenía nombre y que hoy es el Gimnasio Los Caobos, ya se imaginarán lo que sentía por acordarme de la primera vez. Lo saludé y me dijo, “¿qué quiere? —Padre, es que me citaron para una entrevista de trabajo, —ah, bien, siéntese”. Después de compartir un ir y venir de preguntas y respuestas que parecería por largo tiempo; sólo parecía, porque sus entrevistas eran prácticas, claras y concisas, nada de perder el tiempo, para él era muy valioso, me dijo: “dígale a Felipe que queda contratada”. Salí temblando porque no era un juego y el compromiso era de verdad, el proyecto era serio y grande, él no se contentaba con poco, todos sus proyectos eran magníficos, y donde ponía su nombre ponía su palabra de éxito. Durante los primeros meses de trabajo tuvo muchas entrevistas de selección para profesores, alumnos y padres de familia; en todas las entrevistas era inclemente en el cumplimiento del horario, cuestionador y sabio, tenía la visión suficientemente clara como para dirigir y modelar el futuro de la humanidad, sabía lo que quería y lo había logrado desde muy joven y durante muchos años como educador; incluso muchas de las personas que pasaron por sus manos llegaron a ser y a ocupar cargos importantes en la política y en la empresa privada en nuestra sociedad. Las entrevistas de admisión las hacía personalmente en su despacho de la Universidad Javeriana, todo debía estar fríamente calculado y ordenado, a él se le enviaba un sobre con todas las solicitudes ordenadas por horas, y más se demoraban las familias en el trayecto, en la parqueada, en encontrar su oficina, que en la entrevista; con un par de preguntas y su mirada profunda y fugaz, daba un acertado concepto del candidato y de sus padres. Nunca encontré en esas notas nada que impidiera a la familia o al niño ingresar a nuestra comunidad educativa; por el contrario, todos eran para él dignos de ser ayudados y tenidos en cuenta como miembros de nuestra comunidad. Siempre promulgó y cumplió con sus palabras y actos defender la niñez y el derecho de educación, así lo dijo y así lo hizo.
Con los niños era dulce, paciente, respetuoso de sus diferencias y necesidades; le encantaban los más inquietos, vivaces y dinámicos, siempre decía: “es mejor atajar que arriar”. Los niños lo querían y respetaban mucho y con su espontaneidad y cariño, se atrevían a decirle: “Qué hubo, Giraldo”. Le decían abuelito y él se complacía y los alentaba a hacerlo, ante ellos era un niño más, alegre y juguetón. Durante sus clases se sentaba ante su escritorio en el salón principal del colegio de la sede en Suba y no permitía que nada ni nadie lo interrumpiera y menos para ayudarle en la disciplina, de eso se acuerda mejor Alicia Martínez de Suárez, quien lo vivió en carne propia y aprendió la lección. “No se atreva a volver a interrumpir mi clase por nada, yo mando aquí y nadie más, espero que le haya quedado claro.” Cuando llegaba el carro a Suba todos decíamos “llegó el padre” y Alicia Quinche corría a tenerle listo su café para ser acompañado por su cigarrillo, que nunca dejó hasta su muerte.
Siempre dejaba su sello, no se contentaba con poco, cuando supo de un viaje que iba a realizar me mandó llamar, me pidió que me sentara y me hizo un recuento de su vida en Alemania; me hizo prometerle que a las 12, cuando estuviera en la torre del reloj, me acordaría de él y así lo hice. Padre Gabriel Giraldo, lo que le aprendí fue la rectitud en su trabajo con las familias y con los niños, el respeto y dignidad que expresaba ante la niñez, el cumplimiento en el horario, era a la hora en punto ni un minuto más, ni un minuto menos.Nos queda más que el recuerdo de su nombre, nos queda su ejemplo de tenacidad y fuerza, nos queda la esperanza de seguir luchando por un mundo cada día mejor, guiados por la virgen María, patrona suya, a quien le tenía mucha devoción, por eso nuestro legado es trabajar por y con los niños.
Es posible que por mi memoria, ya un poco apaleada, haya olvidado muchas de las anécdotas, pero hay recuerdos que nunca se olvidan. Que Dios lo guarde en su reino y que a nosotros nos ilumine para hacerlo lo mejor posible, así como él lo hizo durante su vida. |